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miércoles, 31 de diciembre de 2014

PARKINSON: OTRO MODO DE VIVIR

La enfermedad de Parkinson es el trastorno neurodegenerativo más habitual después de la enfermedad de Alzheimer, en España hay unas 300.000 personas que la padecen. Los síntomas más reconocibles de este mal son el temblor, la lentitud en el desarrollo de la actividad motora, la rigidez y el mantenimiento del equilibrio. Se suele originar habitualmente entre los sesenta y setenta años, aunque por circunstancias desconocidas cada vez es más habitual encontrarlo en pacientes muchos más jóvenes. La causa más importante que lo provoca es la reducción de dopamina en una de las zonas del cerebro, circunstancia por la que se pierden paulatinamente las neuronas dopaminérgicas.
El Parkinson actualmente no tiene cura, pero existen un conjunto de fármacos capaces de reducir la sintomatología y aliviar a los pacientes con gran eficacia. El tratamiento de la enfermedad es muy particular, pues no hay dos enfermos que muestren igual sintomatología y reacción a los medicamentos, motivo por el que los neurólogos deben adecuarlos a cada paciente.
Actualmente, la levadopa es la reina de los fármacos en la enfermedad de Parkinson, siendo un producto de origen vegetal y animal que las células nerviosas del cerebro emplean para generar dopamina y suplir la carencia de ésta. Gracias a este fármaco se retrasa el inicio de los síntomas debilitantes, permitiendo a los parkinsonianos demorar el proceso habitual de degeneración neuronal y llevar vidas relativamente normales.


María Angustias es una de esas pacientes que llevan una vida normal, actualmente cuenta con 47 años y hace algo más de siete años que le diagnosticaron Parkinson. Su historia es un ejemplo a seguir y ese es el motivo por el que inicio este blog narrando su “Vida imposible”. 
Todo surgió hace aproximadamente unos siete años, aunque yo pienso que el problema venía de atrás -me contaba María Angustias, mientras comenzaba a mirar al infinito con sus ojos soñadores-, aunque nadie por aquellos años sabía ponerle nombre a aquel estado de desánimo que me embargaba la mayoría de las horas del día. Recuerdo que me hice asidua del médico de cabecera que, con toda su mejor voluntad, terminó por diagnosticarme una depresión. ¿Una depresión?, me preguntaba yo. No puede ser, tengo una familia que me adora, carezco de problemas en el trabajo, me permito la mayoría de los caprichos que deseo... Aquí hay algo que falla y que debo solucionar de inmediato.
Y la vida que está escrita en renglones torcidos me puso en el camino, recuerdo que fue una tarde de diciembre, a la salida del trabajo. Arranqué mi coche y conduje en dirección a mi casa. Lo hice como era habitual en mí, de un modo pausado, dejando que los semáforos ámbar se pusieran rojos, respetando los pasos de cebra, frenando en los cruces aunque tuviera preferencia. Pero iba a ser en uno de estos cruces, cuando decidí frenar y no pude. Recuerdo que le mandé las ordenes pertinentes a mi cerebro y éste no respondió frenando. No hubo respuesta por parte del sistema nervioso, aquel percance me puso de sobre aviso: algo extraño me está ocurriendo.
Yo intuía que alguna enfermedad se estaba albergando en mí, pensé en un tumor cerebral, pues no era corriente que la pierna derecha no me respondiera en ocasiones y otras tuviera que arrastrarla. Además iba perdiendo la coordinación y cuando escribía la letra se iba haciendo cada vez más pequeña. Esa fue la primera pista que me puso en contacto con el Parkinson, pues al escribir en Internet: ¿Por qué mi letra cada vez se hace más pequeña y apretada? Tuve una respuesta contundente por parte de la red: Enfermedad de Parkinson, la mayoría de los enfermos de Parkinson tienen una escritura pequeña que se reduce al final de cada línea y progresivamente en líneas sucesivas. Esta propensión a disminuir el tamaño de las letras se denomina micrografía y se acentúa a medida que la enfermedad avanza.
A raíz del accidente automovilístico mi estado de ánimo fue decayendo progresivamente, habiendo momentos en que lo único que deseaba era llorar. Tan sólo me hallaba cómoda cuando estaba tumbada y sobretodo durmiendo. Dormir era el refugio que había encontrado y siempre que podía lo hacía , evitando así la realidad.
Mis amigos comenzaron a notar que algo extraño me estaba ocurriendo, yo mientras tanto, me volví esquiva, siempre encontraba excusas para no salir a la calle, dejé de hacer deporte, dejé de ir al cine, dejé de pasear por el campo.
Cuando no tenía más remedio que salir, hacerlo era toda una epopeya. Primero debía vestirme y eso un gran suplicio, no encontraba la manera de subirme la falda y menos abrochármela. Recuerdo que la sujetaba con el filo de una mesa y a base de mucha concentración y tiempo lograba ponérmela; a continuación venía ponerse una camisa y me era imposible, los músculos de los hombros me dolían muchísimo y arremeterla por dentro de la falda me era del todo imposible, pues ésta se caía constantemente. Y aún me faltaba ponerme las medias, no sé cuantos pares rompí en mi empeño por colocármelas sola.
Este cúmulo de circunstancias me llevaron a tomar la determinación de visitar a un neurólogo amigo de la familia y de mucho prestigio en Granada. Así que en menos de una semana me encontraba sentada en la consulta del doctor Espigares, lo hice sin informar a mi marido ni a mis hijos. Deseaba estar sola en este trance y reflexionar sobre lo que viniera de un modo calmado.
El doctor Espigares no se anduvo con rodeos en fijar un diagnóstico y nada más sentarme en la silla reservada a los pacientes, me dijo: María Angustias creo que tienes la Enfermedad de Parkinson, lo afirmaría al noventa por ciento de certeza, pero para estar completamente seguros vamos a iniciar el protocolo de pruebas que lo confirmen. Así, que vas a hacer lo que yo te indique.
Así conocí a Parkinson, el nuevo acompañante que tendría de por vida. Recuerdo que la impresión fue fortísima, creo que si no me hubiera agarrado con todas mis fuerzas a la silla, donde me encontraba sentada, hubiera terminado en el suelo. Mientras tanto, podía escuchar la voz del doctor Espigares en la lejanía: No te preocupes María Angustias, los tratamientos para la Enfermedad de Parkinson actuales están muy avanzados y podrás llevar una vida “casi” normal. “Casi”, fue el calificativo que me hizo estremecer. Ya nunca volvería a ser la misma de unos años atrás.
A raíz de esa primera consulta comenzaron las pruebas para el dignóstico de la enfermedad, haciéndome un análisis de sangre y otro de orina, junto con el de otras sustancias que servirían para diagnosticar de un modo certero la enfermedad. El análisis de sangre descartó posibles infecciones cerebrales y de la médula espinal, mientras que las pruebas químicas excluyeron trastornos proteínicos, algunas formas de distrofia muscular y diabetes. El análisis de orina reveló la presencia de ciertas proteínas causantes del Parkinson y una radiografía craneal, con inoculación de una dosis baja de radiación ionizada, mostró la tonalidad blanca en los huesos propia de los enfermos de Parkinson. 
También se realizó una fluoroscopia mediante un tubo de rayos X, cuyas imágenes resultantes se grabaron en vídeo. Estas pruebas generalmente hechas con pequeñas cantidades de materiales radiactivos, informarían de la función y estructura del órgano.
Como punto y final fui sometida a una ecografía cerebral, concretamente a una tomografía computada, de la que se obtuvo imágenes por resonancia magnética.
Aquellas jornadas fueron muy tristes, no lograba asimilar los acontecimientos acaecidos. Pensaba que todo era un sueño, una mala pesadilla que no me podía estar ocurriendo. Analicé mi vida en repetidas ocasiones y algo muy malo debería haber hecho para recibir tal castigo. Pensé en las personas que padecían otro tipo de enfermedad, con seguridad más severa, como el cáncer. A dos amigas mías les habían extirpado un pecho, aquello si era un castigo, pero también me decía que con seguridad dentro de unos años sería un mal recuerdo vivido. Yo, en cambio, nunca podría deshacerme del Parkinson, me acompañaría hasta la tumba.
Estaba muy enfadada, muy resentida... ¿Por qué me había tenido que ocurrir a mi?, me preguntaba a diario. Siempre me había cuidado mucho, haciendo deporte, no fumando, no bebiendo. En los siguientes días posteriores al diagnóstico, en mi ofuscación de no querer asumir las circunstancias visité a mi médico de cabecera, llevándole todo el material clínico y las pruebas realizadas. El buen doctor, lo único que supo decirme es que posiblemente todo era un error y que lo mejor que podía hacer era repetir la analítica y solicitar una segunda opinión . Aquella fue una ventana que se me abrió, un rayo de esperanza al que acogerme para no afrontar la realidad. Así que fui demorando las segundas opiniones en el tiempo y ocultando una realidad que ya era palpable a simple vista: la pierna cada día la arrastraba más, la escritura cada día era más apretada y pequeña, la rigidez se acentuaba progresivamente. Un año tarde en reconocer que tenía Parkinson y cuando lo hice, llegó una nueva complicación, posiblemente de mayor repercusión que mi enfermedad: a mi marido le dio un ictus. Esa circunstancia daría un giro radical a mi vida, pasando de ser el centro de atención familiar y la supercuidada a convertirme en la ciudadora. Dejé el trabajo e inicié una nueva etapa en mi vida, atrás quedaban las reuniones con empresarios, la contratación de nuevos clientes, las relaciones sociales... Ahora, me centré en cuerpo y alma en ayudar a mi marido y a recuperar una situación familiar feliz que había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Mi vida se ubicó en el hospital junto a mi marido. Todo el tiempo se lo dedicaba a él, con la esperanza de que volviera a ser el hombre encantador y seguro que yo había conocido. Asimismo, inicié un peregrinaje por diferentes asociaciones con la idea de documentarme sobre el ictus y el futuro que debería plantear.
Fue así como conocí la Asociación de Parkinson en Granada y algo nuevo floreció en mi. Comencé a relacionarme con aquellos que padecían este mal, todos estaban peor que yo. ¡Bueno!, a mi es que aún no se me nota, todavía soy una privilegiada; puedo hacer deporte, trabajar a un fuerte ritmo, cuidar de mi marido y vivir a tope esta nueva etapa de mi vida.

jueves, 11 de diciembre de 2014

EL PARKINSON NO MANDA EN MI VIDA

Entre 120.000 y 150.000 españoles padecen párkinson y cada año se detectan 10.000 nuevos casos. Esta enfermedad es ya el segundo trastorno neurodegenerativo más frecuente, por detrás del alzhéimer y se estima que, debido al envejecimiento progresivo de la población, su prevalencia podría triplicarse en 2050 según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN).
Tal y como afirma la Federación Española de Parkinson (FEP), 1 de cada 5 pacientes son menores de 50 años; uno de los retos importantes es conseguir avanzar aún más en el diagnostico precoz, puesto que cuanto antes se traten los síntomas, más posibilidades habrá de controlarlos.

Qué es y a quién afecta

Se trata de una enfermedad neurodegenerativa; lo que ocurre en el cerebro de una persona con párkinson es que hay un grupo de neuronas que dejan de producir una sustancia llamada dopamina.
“La falta de ese neurotransmisor, “la hormona de la felicidad”, en un núcleo profundo del cerebro llamado núcleo subtalámico, provoca que las neuronas de ese núcleo funcionen de manera caótica, irregular, a frecuencia muy alta. Desde hace 40 años podemos poner la dopamina que falta con medicamentos y esto acaba devolviendo una buena calidad de vida a los afectados”, afirma Gurutz Linazasoro, neurólogo, presidente de la Fundación Inbiomed y director de la Fundación CITA.alzheimer.
Afecta fundamentalmente a personas mayores de 65 años pero en un 15-20% puede empezar incluso antes de los cuarenta años. “Hay casos muy jóvenes y el párkinson de una persona joven y de una que empieza muy mayor, aunque sea lo mismo, en las manifestaciones son muy diferentes. Esto es normal porque el cerebro a medida que envejece va perdiendo capacidad de adaptación y plasticidad”, asegura Linazasoro.

Diagnóstico y desarrollo

No es sencilla la detección en algunos casos. Todos tenemos en mente la figura de una persona mayor temblorosa pero en un 40% de los casos no hay temblor y en un 15% empieza antes de los 40.
“Pensar que una persona de 40 años con una rigidez en el brazo izquierdo tiene un párkinson cuesta”, apunta el neurólogo.
Actualmente no hay un tratamiento preventivo que pare la progresión de la enfermedad pero la casuística invita al optimismo.
“El paciente de párkinson de hoy no tiene nada que ver con el paciente de hace 15 ó 20 años. La sensación que tenemos es que la evolución es más benigna y probablemente más lenta; podemos controlar los síntomas con la medicación en todo momento”, afirma el especialista.
El doctor explica que existen datos sobre un medicamento, la rasagilina, que apoyan esta idea. “No es un estudio concluyente que lo demuestre al cien por cien pero sí sugiere fuertemente que puede modificar el curso de la enfermedad y hacerlo más benigno”, asegura.

Posibilidad de cirugía

No solo existe tratamiento farmacológico sino también quirúrgico aunque el riesgo es importante. Esta opción esta dirigida a un núcleo muy reducido de los afectados que deben cumplir requisitos como ser menores de 70 años, con resonancia normal y que hayan respondido previamente muy bien a los medicamentos del párkinson.
La operación consiste en la implantación de electrodos de estimulación en un núcleo profundo del cerebro llamado núcleo subtalámico. “A consecuencia de la falta de dopamina las neuronas de ese núcleo empiezan a funcionar de manera errónea. Se identifican esa neuronas y se coloca un estimulador de manera que las frena. De este modo ese núcleo se activa de una manera constante y mejoran mucho los síntomas del párkinson“, afirma Linazasoro quien compara esta técnica con la colocación de un marcapasos en el corazón para corregir una arritmia.

Verdades y mitos

Muchos son los mitos que corren acerca de esta enfermedad que sufren y han sufrido personajes como el actor Michael J. Fox, el boxeador Muhammad Alí, el Papa Juan Pablo II, el pintor Dalí, Hitler o Francisco Franco. El doctor Linazasoro nos ayuda a aclararlos.
  • Herencia: tan solo un 10 o un 15% de los afectados lo son por razones hereditarias. Se han descrito familias con casos hereditarios e identificado el gen responsable en esas familias; el 85-90% es esporádica.
  • Problemas de audición: no están asociados al párkinson, tan solo es lentitud al responder. El síntoma más característico del párkinson no es el temblor, es la lentitud de movimientos y cierta lentitud para pensar; eso hace que las respuesta sean tardías y se interprete como falta de audición.
  • Temblor esencial: produce temblor en las manos y la cabeza, es una enfermedad distinta y cuatro veces más frecuente que el párkinson. Katherine Hepburn no tenía párkinson, sino “temblor esencial”. El temblor de cabeza no es propio del párkinson, se puede mover la barbilla, las manos y las piernas.
  • Tabaco y párkinson: existen datos epidemiológicos que dicen que hay una menor asociación entre personas que fuman y el riesgo de sufrir párkinson. Hay una asociación inversa entre fumar y tener párkinson, si se fuma, hay menos riesgo de sufrir la enfermedad.
  • Mortal: los estudios dicen que la expectativa de vida es muy parecida. No es una enfermedad mortal.
  • Bailan mejor que andan: andar es un movimiento automático y secuencial que es lo que más se altera en el párkinson; bailar es un movimiento marcado por un ritmo; se utilizan circuitos diferentes para andar y bailar y los de bailar no están alterados en el párkinson.

“El párkinson no manda en mi vida”

Luis Alberto García Gil está casado, tiene dos hijos y 54 años y le diagnosticaron la enfermedad cuando tan solo tenía 44.
“Yo creía que tenía un tumor; el proceso comenzó dos años antes y fue un auténtico mazazo, se te cae todo encima, piensas que no vas a poder hacer nada”.
Alberto fue reaccionando y “levantando el vuelo”. Cuando le ocurrió no sabía nada sobre la enfermedad.
“Mi familia se dio cuenta de que movía torpemente una pierna y un brazo, yo no me di cuenta. Un día en una reunión fui perdiendo la escritura, empezaba a escribir grande y después hacía la letra muy pequeña hasta que desaparecía, como una línea”, nos cuenta Alberto.
No está demostrado que el estrés afecte como desencadenante de la enfermedad pero Alberto afirma que es una situación común a muchos enfermos. “Si tienes un trabajo estresante déjalo o cambialó porque el estrés hace avanzar la enfermedad. Si no lo haces puedes cavarte la tumba siguiendo con él”.
Alberto es tratado con un neurotransmisor llamado levodopa.
“Los síntomas suelen aumentar pero es posible por lo menos retrasarlos o mantenerlos. Es básico el ejercicio de actividad moderada, ir gestionando el tema de tus neurotransmisores artificialmente, como el que echa gasolina y va ahorrando”
El apoyo familiar y del entorno es fundamental. “Anímicamente primero me hundí, luego en el proceso he ido superándolo con muchas ganas de vivir y ahora estoy mejor que cuando empecé la enfermedad”, asegura Alberto.
“Primero viene el mazazo y entonces tienes la certeza de que vas a terminar languideciendo y ser como un abuelito y dices, madre mía con 44 años la que me espera. Luego empiezas a dudar cuando vas a las asociaciones y ves gente con la misma enfermedad que ha resuelto ya tus dudas”, afirma Alberto.
“Ha cambiado mi escala de valores. Hay gente tan pobre que sólo tiene dinero. Ahora soy rico en buenos deseos de la gente en cariño y eso es lo que cuenta al final”, sentencia nuestro amigo Alberto.
Existe gente que te marca y a Alberto le ocurrió con un emigrante marroquí llamado Fadil. “Me dijo: eres tan buena persona que estoy rezando a mi Dios para que te cures. Yo pensé, no puedo decepcionar a éste ni a ninguno de los buenos deseos que tiene mi gente y decidí mantenerme bien”.
Alberto le pide a los afectados que reflexionen y comprueben que las dudas y los mitos no son tales: “Esto no es tan malo cuánto me cuentan, se puede hacer de todo, conducir, disfrutar de la vida, bailar; quizá con más esfuerzo o a otro ritmo, pero se puede. Hay que acostumbrarse a un compañero puñetero como es el párkinson, no dejarle mandar en tu vida“.

domingo, 11 de mayo de 2014

MI VIDA CON PARKINSON

"
Me diagnosticaron la enfermedad de Parkinson hace más de dos años". La frase forma parte de la confesión de un neurocientífico en las páginas de la revista Nature, un relato que bajo el título "Mi vida con Parkinson" aborda el dilema con el que se encuentra un investigador que sufre la misma enfermedad que está investigando. Hace un año, mientras asistía a una fiesta con otros científicos y algunas celebridades, alguien le preguntó por las investigaciones de la enfermedad, y en lugar de admitir que él tenía la doble condición de científico y enfermo, optó por dar una descripción lacónica de la enfermedad. "Yo tenía un secreto", confiesa, "un secreto que no había contado a ninguno de mis colegas: yo tenía Parkinson".
Su historia comienza hace cuatro años, el día en que, mientras rellenaba formularios del laboratorio, sintió que algo iba mal. "Después de unas cuantas páginas", relata, "mi mano se convirtió en una masa temblorosa de carne y huesos, bloqueada inútilmente con un intenso rigor". Por esa misma época había comenzado a investigar justo la enfermedad que le empezaba a atrapar, el efecto que la dopamina tiene en la actividad neuronal y el comportamiento. El diagnóstico se lo hizo un compañero investigador, de los que publicaban en las mismas revistas que él y que trabajaba en el mismo campo. Aunque no desvela su identidad, el científico tiene ahora 36 años y confiesa que su primera reacción fue no contárselo al resto de la comunidad científica y ocultar su condición.
"Me preocupaba ser menos apto para obtener las ayudas de investigación que necesitaba", explica. "Me preguntaba si los estudiantes y los postdocs no tendrían recelos de unirse a mi grupo. Y, quizá, lo más importante, me preguntaba cuánto tiempo podría hacerme cargo de los experimentos, lo que más me apasiona del mundo". Sacudido por la experiencia de no decir nada a sus compañeros de fiesta, a principios de año el neurocientífico decidió explicarles la verdad a sus compañeros de laboratorio. "Me llevó mucho tiempo", explica, “pero fue una de las mejores decisiones que he tomado jamás. Todo el mundo me apoyó tanto que me sentí estúpido por haberme pasado cuatro años preocupado por su reacción".
En los meses siguientes, su enfermedad se ha convertido en un detalle más que afecta mínimamente a su trabajo. La rigidez le impide realizar algunas pruebas, pero ahora conoce los síntomas en primera persona. Comprende que la enfermedad no afecta al entendimiento y que su mano, aunque aparentemente está bien, parece desconectada de las indicaciones de su cerebro. No cree que tener la enfermedad le haga más impaciente ni peor científico. "Mi condición como científico en activo me refuerza en mi fe en la importancia de los descubrimientos científicos", sentencia. "Sobre todo, mi diagnóstico me hace desear hacer la mejor y más emocionante ciencia que pueda, porque el privilegio podría desaparecer para cualquiera de nosotros en el tiempo que dura un parpadeo [...] La vida es demasiado corta para esconderte de lo que eres. Tus colegas pueden sorprenderte y tú puedes todavía ser un gran científico a pesar de la enfermedad".

lunes, 30 de diciembre de 2013

TESTIMONIO PERSONAL

¡Hola a todos!

Mi nombre es José y tengo 28 años.
Verán, yo tocaba el piano, saben ustedes?. Y yo estudiaba y hacía cosas y tenía una vida "normal", de esas que... bueno, que simplemente no te plantean preguntas. Y miren que yo solía (y sigo haciéndolo) plantearme preguntas. De hecho, he estudiado filosofía. Si, yo estudiaba filosofía, lo hacía por lo mañana, 19 asignaturas tenía, de hecho (y lo digo con orgullo y satisfacción, no lo voy a negar), eso por la mañana. Por la tarde iba a clases de piano, alemán y japonés. Los sábados por la mañana cantaba en un coro, hasta la 1... y es que a la 1 y media entraba a trabajar como camarero en un restaurante hasta que se acababa el fin de semana. Y yo tan feliz y lleno de energía. Y no me pregunten cómo, pero tenía tiempo para salir con mis amigos, con la chica con la que estaba y seguir devorando libros y películas sin parar, pero el caso es que me las apañaba.
Yo lo recuerdo con orgullo y satisfacción no lo voy a negar.
Luego, con 24 años, vino el parkinson, y yo, tan campante, lo puse en la lista de tareas. Venga, una más. ¿por qué me va a afectar a mi? ¿a mi? si yo soy supermán. "Bastante tengo con el parkinson mismo como para además coger una depresión", me decía. Nada, nada.
Pero he aquí que no fue así, que mi febril actividad se frenó, que yo me dispersé, que cambié mi actitud, y lo que es peor, que empecé a tratar a la gente mal, la cual, por supuesto, no tenía culpa de nada. Pero yo, en mi ceguera, me fui cabreando paso a paso con todo lo que encontré. Desde mi chica, hasta mis amigos, desde el mundo hasta mi mismo, desde los médicos a los medicamentos, me cabreé con mis manos, que ya no tocaban igual el piano, me cabreé con mis piernas, que no me llevaban a dónde yo quería, y con tanto cabreo, acabé mandándolo todo al garete (en el fondo, a mi mismo).
¿Pues saben que vengo a decirles? Que no hay que rendirse nunca, y que cabreado se está en el fondo muy mal. Nada de autocompadecerse tampoco, que el beneficio real que se obtiene (porque, no nos engañemos, cuando nos enfurruñamos como niños pequeños ¡claro que obtenemos beneficos! tal vez nos permitimos hacer lo que nos da la gana, o bien obtenemos compasión de los demás, ¡¡pero es una trampa!! Podemos abandonar algún proyecto si ya no podemos seguir con él adelante, pero abandonarnos nosotros mismos, eso nunca, porque nosotros mismos somos el verdadero proyecto que vamos construyendo cada día, en cada instante, y hemos de valorar lo que es verdaderamente importante, que es aquello que nos hace feliz.
Uno vive tan tranquilo, creyéndose que lo tiene todo atado y bien atado hasta que una enfermedad, o un accidente de coche, o vaya usted a saber que te vuelven la vida del revés. Pues si, pero verán, cuando suceden este tipo de cosas, uno acaba por hacerse LAS preguntas adecuadas (yo ya les he comentado que estudiaba filosofía, así que pueden imaginarme divagando sobre la existencia del alma, la naturaleza del conocimiento científico o si un árbol que cae en un bosque hace ruido aunque nadie lo esté escuchando, o, dicho de otro modo, las clásicas preguntas de toda la vida ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?). Ya no me pregunto quién soy sino qué siento, no pregunto de dónde vengo sino quién me estaba esperando cuando he venido. Ya no me pregunto a dónde voy sino quién quiero que me acompañe durante el recorrido.
Uno se hace preguntas, y la pregunta más importante que me he hecho es ¿cuáles de las cosas que he hecho o he encontrado en la vida me han aportado más alegría, más felicidad? De todo cuanto llevo visto hasta ahora ¿qué es lo que realmente merece la pena? No sé ustedes, al preguntarles por los momentos más felices de su vida, en qué pensarán. Pero yo, por mi parte, lo primero en lo que pienso es en mis seres queridos, en mi familia, en mis amigos, en momentos compartidos, pues eso es la felicidad, un momento compartido.Yo he necesitado el parkinson para darme cuenta, ironías de la vida, saben. Y en cierto modo me alegro.
Yo soy un hombre afortunado también, porque ¿recuerdan que les dije que tenía amigos pero que me aislé y no les traté muy bien? pues mire, siguen ahí. Y otras cosas que han cambiado y que había tomado como un paso atrás, como el dejar de estudiar tanto y el rendir tan extraordinariamente, no han sido tan malas como pensaba. He aprendido que tanta actividad no era sino una huída. Mucho pensar y mucha actividad... para no sentir. De no haber sido por el parkinson, tal vez ahora seguiría corriendo, seguiría huyendo, tendría 3 masters en cualquier chorrada sofisticadísima... que me alejarían mientras me ocupo en ellos de mis auténticos problemas.
El mundo es un lugar jodido, no digo que no, pero también puede ser maravilloso, y lo fantástico es que en lo fundamental, depende de nosotros.
Yo ya no corro como antes, ni metafóricamente ni literalmente, pero he descubierto que es mejor andar, o incluso cojear, si vas realmente acompañado.
Aferraos al amor que tengais, al que deis y al que recibais, porque es el mayor tesoro de vuestras vidas. Eso es lo que he aprendido yo... no era fundamental el parkinson para aprenderlo, pero lo importante es que de un modo u otro me he dado cuenta. Ahora tan sólo me queda vivir conforme a ello y quitarme años de egoismos y cortedad de miras. Bueno, sin duda será un viaje apasionante. Siento que lo mejor de mi vida está por venir, y digo "por venir" aunque no vendrá de ninguna parte, sino que tendrá que salir de mi. Nadie nos va a salvar, hay que poner de nuestra parte. Hay que quererse, cuidarse, sólo así podremos querer a los demás. De lo contrario no te unirá el amor, sino la necesidad, y eso no es unión, es atadura.
Aferraos al amor que tengais, al que deis y al que recibais, porque es el mayor tesoro de vuestras vidas. Sin salud no hay nada, pero la salud no lo es todo. Puede que el cuerpo se arrastre, pero el alma vuela. Y si, hay momentos malos en la vida, pero como dice una amiga mía "siempre que llovió, paró".
Gracias por escucharme, poder compartir esto con ustedes significa mucho para mi. Antes habría sido una oportunidad para quedar bien ante vosotros. Ahora es una ocasión para sentirme bien estando con vosotros.
¡Ah! Una última cosa ¡no abandonen sus inquietudes! ¿recuerdan que les dije que yo tocaba el piano? quizá les parezca un poco ridículo un pianista con parkinson, pues bien, sigo tocando. Con todas las experiencias vividas en los últimos dos años, con el reexamen de mi vida y de mis valores creo que he madurado, aunque todavía me queda un largo camino por recorrero, pero en cualquier caso, sigo tocando, ¿por qué no? y la vida que no pueden expresar las manos, ahora la puede sentir el corazón.
Un saludo con todo mi cariño

José

jueves, 26 de diciembre de 2013

EL PARKINSON NO MANDA EN MI VIDA


Luis Alberto García Gil está casado, tiene dos hijos y 54 años y le diagnosticaron la enfermedad cuando tan solo tenía 44.
“Yo creía que tenía un tumor; el proceso comenzó dos años antes y fue un auténtico mazazo, se te cae todo encima, piensas que no vas a poder hacer nada”.
Alberto fue reaccionando y “levantando el vuelo”. Cuando le ocurrió no sabía nada sobre la enfermedad.
“Mi familia se dio cuenta de que movía torpemente una pierna y un brazo, yo no me di cuenta. Un día en una reunión fui perdiendo la escritura, empezaba a escribir grande y después hacía la letra muy pequeña hasta que desaparecía, como una línea”, nos cuenta Alberto.
No está demostrado que el estrés afecte como desencadenante de la enfermedad pero Alberto afirma que es una situación común a muchos enfermos. “Si tienes un trabajo estresante déjalo o cambialó porque el estrés hace avanzar la enfermedad. Si no lo haces puedes cavarte la tumba siguiendo con él”.
Alberto es tratado con un neurotransmisor llamado levodopa.
“Los síntomas suelen aumentar pero es posible por lo menos retrasarlos o mantenerlos. Es básico el ejercicio de actividad moderada, ir gestionando el tema de tus neurotransmisores artificialmente, como el que echa gasolina y va ahorrando”
El apoyo familiar y del entorno es fundamental. “Anímicamente primero me hundí, luego en el proceso he ido superándolo con muchas ganas de vivir y ahora estoy mejor que cuando empecé la enfermedad”, asegura Alberto.
“Primero viene el mazazo y entonces tienes la certeza de que vas a terminar languideciendo y ser como un abuelito y dices, madre mía con 44 años la que me espera. Luego empiezas a dudar cuando vas a las asociaciones y ves gente con la misma enfermedad que ha resuelto ya tus dudas”, afirma Alberto.
“Ha cambiado mi escala de valores. Hay gente tan pobre que sólo tiene dinero. Ahora soy rico en buenos deseos de la gente en cariño y eso es lo que cuenta al final”, sentencia nuestro amigo Alberto.
Existe gente que te marca y a Alberto le ocurrió con un emigrante marroquí llamado Fadil. “Me dijo: eres tan buena persona que estoy rezando a mi Dios para que te cures. Yo pensé, no puedo decepcionar a éste ni a ninguno de los buenos deseos que tiene mi gente y decidí mantenerme bien”.
Alberto le pide a los afectados que reflexionen y comprueben que las dudas y los mitos no son tales: “Esto no es tan malo cuánto me cuentan, se puede hacer de todo, conducir, disfrutar de la vida, bailar; quizá con más esfuerzo o a otro ritmo, pero se puede. Hay que acostumbrarse a un compañero puñetero como es el párkinson, no dejarle mandar en tu vida“.



lunes, 9 de diciembre de 2013

PARKINSON ES UN RETO PARA EL HUMOR

El actor canadiense-estadunidense Michael J. Fox vuelve a la pantalla con una serie televisiva donde da vida a un hombre que padece Parkinson, como una forma de afrontar la enfermedad que le fue diagnosticada hace 22 años, "con un gran sentido del humor".
De acuerdo con ANSA Latina, la serie, titulada "The Michael J. Fox Show", se emitirá en la cadena televisiva Nbc. En la misma, Fox encarna a Mike Henry, un presentador televisivo neoyorquino que abandona su trabajo tras saber que padece Parkinson.
Sin embargo, como sucede en la vida real Mike/Michael no se deja abatir y vuelve al trabajo, aunque con un bajo perfil.
"El Parkinson es un reto, pero he decidido afrontarlo con un gran sentido del humor", dijo el actor de 52 años en una entrevista.
Para Fox, se trata de un regreso a la pequeña pantalla después de 13 años. El actor comenzó su carrera interpretando algunos telefilmes y consiguió popularidad por su participación en la serie "Family Ties", sobre una familia de Ohio, transmitida por Nbc durante siete temporadas. 
El papel que le consagró, sin embargo, fue el de Marty McFly en la trilogía "Regreso al futuro".
En 2000, Fox abandonó casi del todo la actuación a causa de un empeoramiento de sus condiciones de salud, pero luego experimentó una gran mejoría.
"Algunas apariciones en la serie 'The Good Wife' me hicieron venir las ganas de volver a hacer más", explicó el actor.
"Las medicinas me han ayudado a tener bajo control los síntomas de esta enfermedad y ahora estoy dispuesto a afrontar este papel", agregó.
Michael va en serio, no en vano la Nbc ya encargó 22 episodios de la nueva serie. "Y lo que me gusta sobre actuar es que no veo ninguna razón por la que no debería hacerlo", comentó Fox.
En la serie hará una aparición su esposa, la actriz Tracy Pollan, mientras el papel de mujer "televisiva" estará interpretado por Betsy Brandt ("Breaking Bad").
La idea del "anchor" televisivo fue elegida porque hacía falta un personaje que no fuese demasiado distante de la realidad.
"Los conductores televisivos tienen una fama particular, se basa en la confianza y el afecto, son personajes públicos sin ser actores o atletas famosos", explicó.
Por último, y en prueba del hecho de que se puede vivir con el Parkinson, Fox subrayó orgulloso que "ya son 22 años" desde que fue diagnosticado con esa enfermedad, y eso que los especialistas le habían dado como máximo diez años de "autonomía" laboral.

sábado, 30 de noviembre de 2013

XIV, MI COMPAÑERO PARKINSON

 Anoche recibí un e.mail de un seguidor del blog, la persona no se definió si era hombre o mujer, tan sólo me relató una serie de hechos que está viviendo.
Me contaba que tenía Parkinson desde los 35 años y que en la actualidad ronda los cincuenta. Durante los años que lleva con la enfermedad ha pasado por todos los estados anímicos y de salud propios del mal. Pero que éstos no son nada perniciosos si los comparamos con el infierno que está viviendo a nivel familiar, contándome que su pareja no asume la EP y que desprecia su situación en ocasiones. En especial cuando tiene momentos de recaída, circunstancia que aprovecha para vapulearle a nivel emocional. Esto le causa, me seguía relatando, un estado de rigidez enorme, imposibilitándole poder moverse y provocándole una serie de reacciones incontroladas en su organismo.
Imagino que esta persona busca que yo le ofrezca mi ayuda, pero yo no soy experto en estos menesteres. Lo único que puedo decirle es que para los enfermos de Parkinson el estrés, soportar altos grados de tensión y llevar una vida inestable es algo que no deben aguantar, pues los síntomas se recrudecen provocando un estado anímico complicado de sobrellevar. Le diría que vele por su salud lo primero y que eluda estas situaciones, aunque tenga que rehacer su vida. Pues del otro modo, la vida terminará con él/ella.
Si alguien puede ofrecer su experiencia, para ayudar a esta persona, tiene las puertas abiertas en este blog.

 

jueves, 28 de noviembre de 2013

XIII, MI COMPAÑERO PARKINSON

Llevo varios días sin escribir en el blog, el motivo es porque carezco de tiempo, estoy realmente muy ocupado. Pero ello no es excusa, pues hace unos meses me comprometí conmigo en ir contando casi a diario mis experiencias con el Parkinson. Por lo que me cuentan, sé que mis narraciones ayudan a muchos parkinsonianos a encender una bombillita interior que les dice no todo está perdido. En efecto, la enfermedad de Parkinson no la debemos tomar como un final sino como el principio de otra forma de vida. Creo que no se debe caer en el sentimiento de infortunio por padecer esta anomalía física; no, no se debe caer, sino que hay que luchar y continuar hacia adelante. Cada uno debemos hacerlo como mejor sepamos, echando un pulso a diario a la enfermedad. Sé que es muy complicado, pero también sé que es el único modo de controlarlo.
Por ello, cuando nos venga alguna crisis, de ésas que dan a diario, en vez de acongojarnos y hundirnos en nuestra desgracia, debemos plantarle cara, aunque comprendo que es muy difícil, y llevarla a nuestro terreno. De este modo, cada día que transcurra tendremos la autoestima más alta y un mayor control sobre el Parkinson.
Quiero que penséis que nada hay acabado, no podemos acomodarnos en sentarnos en un banco a tomar el sol mientras la vida pasa porque tenemos Parkinson. No, me revelo. Tenemos que ser fuertes y saber tirar hacia delante. Habrá veces que no logremos superar esas fases en soledad, aunque es lo propio, entonces deberemos recurrir a nuestros familiares y amigos, no debe de darnos vergüenza ni pudor. Piensa que si ellos estuvieran en la misma tesitura tú lo ayudarías.
Por último, decir que es conveniente tener un especialista con el que contar. Yo nunca creí que fuera necesario, hasta el día que conocí a una psicóloga experta en la enfermedad del Parkinson. Ella me infundió la seguridad y la tranquilidad que yo necesitaba para continuar en esta cruzada. Proporcionándome un ímpetu que nunca tendré modo con que agradecérselo. Esta mujer, no es otra que Ana Rodríguez, gerente de Parkinson Granada.

jueves, 14 de noviembre de 2013

XII, MI COMPAÑERO PARKINSON

Continúo con la narración que dejé el anterior día. Tras dejar el trabajo, voy hasta el coche y conduzco hasta el Instituto de mi hija para recogerla. Cuando llego a casa son algo más de las tres de la tarde, hago un almuerzo frugal, con la idea de que los medicamentos hagan un efecto inmediato y positivo. En el pasado comía en mayor cantidad y las tardes las pasaba en estado de off, así que un día pedí cita con el neurólogo, doctor Gutiérrez, y me indicó que realizara las comidas, cercanas a la horas de medicarme, más sobrias.
A eso de las cuatro o cuatro y media, tras haber descansado un poco, intentando no dormirme pues me desactivo con la siesta, me acerco al establo que lo tengo al fondo del chalet, he de aclarar que vivo en el campo, y cepillo a mi caballo. Ha llegado el mejor momento del día, es la hora de montar. Así, que tras ensillarlo tomo una de las diferentes veredas cercanas a mi casa y cabalgo todo el tiempo que puedo. No hay nada en el mundo que me relaje y haga sentirme mejor que un paseo a caballo, mientras lo realizo: adiós a los problemas, adiós a mi compañero Parkinson….
Describir todo lo que siento en esos instantes es muy complicado, son tantas las sensaciones que se producen en mi interior, que me resulta casi imposible relatarlas. Por un lado me siento libre, lo que me hace soñar y serenar las inquietudes del día. Es algo similar a una terapia, cuando subo en el caballo todo mi ser comienza a apaciguarse paulatinamente, alcanzando unos grados de felicidad extremos.
Cabalgo algo más de una hora, pero no siempre, hay días que por circunstancias que aún no llego a comprender, caigo en estado de off durante algo más de una hora. Al principio de ocurrirme esta anomalía me deprimía bastante, pensaba: para un rato que tengo para montar, me desactivo. Además, cuando me ocurre a esas horas es durísimo, apenas puedo moverme y parezco caminando una muñeca de Famosa.
No mentiré, esos ciclos me irritan y entristecen, pero cada día los voy venciendo estratégicamente. En vez de encresparme me tranquilizo, pensando que pronto pasará el off. Y si no pasa con la rapidez deseada, tampoco ocurre nada, es nuestro Compañero Parkinson que nos recuerda que está ahí.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

XI, MI COMPAÑERO PARKINSON

Llevo varios días sin escribir mis vivencias, mis sentimientos con el Parkinson, y ya hay personas que me envían E.Mail diciéndome qué es lo que pasa, que por qué he dejado el tema en el capítulo X. No lo he dejado es que por circunstancias no encontraba el momento de seguir con MI COMPAÑERO PARKINSON.
Hoy no me apetece retomar el hilo de lo anteriormente escrito. Voy a contar que es lo que he hecho durante el día en compañía de “Parkinson”. Me levanté a las seis y media, algo temprano, pero es que la Enfermedad de Parkinson (EP) tiene ese maldito problema: se duerme mal. Yo durante la noche me despierto en varias ocasiones y cambio de lugar, primero duermo en mi cama, a las tres horas me voy a un sofá y para terminar me acuesto en un cómodo sillón de esos que se retrepan. Comprendo que es una pesadez, pero a mí me va bien.
A las siete menos cuarto, con el estómago vacío me tomo las primeras dosis de Mirapexin, Estalevo y Azilect. En esos momentos estoy algo torpe de movimientos, pero ya no me preocupa, sé que es por la falta de dopamina, pues por la noche no la tomo. Así que mientras surge el efecto de estas maravillosas medicinas, me tumbo en el sofá y procuro dar una cabezada o pensar en cosas agradables. También es bueno escuchar música, leer o ver la TV. Lo importante es relajarse y no preocuparse de la situación que ocupa el momento, en mi caso, una falta de movilidad. En el pasado, ese tiempo de interrupción muscular me afligía y comenzaba a irritarme o a preocuparme. Pero un buen día analicé la situación, llegando a la conclusión de que no era bueno para mí encresparme, pues no conseguía nada y, para colmo, los medicamentos tardaban más tiempo en hacer efecto.
Actualmente ese periodo nefasto en el pasado, se ha convertido en algo agradable, pues mientras dura tengo un sueño reparador. Cuando me despierto, a la hora aproximadamente, estoy nuevo y con muchas ganas de iniciar el día.
Desayuno, habitualmente unas tostadas con aceite de oliva y café descafeinado. Y a trabajar hasta las dos y media de la tarde. Durante ese tiempo sigo mi tratamiento y sufro en ocasiones momentos desagradables ocasionados por el Parkinson. Uno de ellos, me suele ocurrir tras la segunda toma de Estalevo. Lo achaco al excesivo trajín que llevo, pues cuando estoy tranquilo no me sucede. Lo que siento en esa media hora es una especie de mareo, así que toca relajarse, sea como sea. Es el único modo de recuperarte. Da igual lo que estés haciendo o la importancia que tenga, se debe desconectar y relajarse. Todo lo demás puede esperar.





domingo, 3 de noviembre de 2013

X, MI COMPAÑERO PARKINSON

Al principio, con el tratamiento que me había puesto el doctor Gutiérrez, no notaba nada especial, era normal, con las dosis que tomaba lo único que se pretendía es ir viendo si ofrecía algún rechazo y si tenía una buena tolerancia. Fueron aquellos unos meses extraños para mí. No llegaba a encajar, de ningunos de los modos, mi Parkinson, tan sólo  pensaba en la pesadilla que estaba viviendo y siempre soñaba con la esperanza de que a corto plazo algún investigador descubriera el medio de una cura definitiva. Me centré nuevamente en mi trabajo y lo llevaba a fases extremas, con el fin de no pensar en lo que vendría en el futuro. En aquellos días tuve conocimiento de un doctor alemán afincado en Valencia, que había descubierto un método  mediante la acupuntura, que según decían lograba verdaderas maravillas en los pacientes con Parkinson.
Ya estaba dispuesto a ir a Valencia para dejarme explorar por este insigne doctor. Pero alguien me informó que todo era una patraña, y que lo único que conseguiría sería gastarme una cantidad importante de dinero sin ningún resultado que valiera la pena.
Fueron meses de desconcierto, en los que me refugié en la soledad de mi despacho y en una pena terrible que me embargaba. Todo el día me lo tiraba pensando en el Parkinson, en como lo afrontaría en el futuro y en lo que sería de mí. Mis pensamientos no los compartía con nadie y me consideraba un paria, con la única ilusión de que los años de vida que me quedaban, tenía 48 o 49, transcurrieran rápidos y terminar mi existencia con cierta dignidad.
No recuerdo el tiempo que transcurrió de este modo tan adverso, lo único que evoco es el sentimiento tan grande de angustia que me abrumaba a lo largo de los días. Fueron muchos meses, meses en que lo único que hacía era trabajar, no por la satisfacción que el trabajo me pudiera proporcionar, sino por una cuestión ética de no dejar a mi familia en la estacada.
Dejé de salir a la calle y de relacionarme, no deseaba ningún tipo de contacto, pues creía que la gente se daba cuenta de mi situación,  produciéndoles pena. Y mi orgullo era lo que menos necesitaba. Yo no era ningún inútil, pero me comportaba como si lo fuera. Para colmo, alguien me dijo que en mi estado sería inteligente pedirme una baja laboral.
No podía ser que todo aquello me estuviese ocurriendo a mí. Además, me volví muy sensible, el abrazo de  mi hija me hacía llorar, una mala respuesta de mi mujer me atolondraba para el resto de la jornada. Cuanto había cambiado, ya no me producía satisfacción escribir, ni hacer deporte, ni leer. El tiempo libre lo ocupaba en estar sentado delante de la televisión, intentando no pensar y consumir el maldito tiempo.
Hay enfermedades que te imposibilitan debido al dolor, en el Parkinson nada te “duele”, pero a cambio tienes una carga psicológica que te mina a diario. Yo por aquellos años no conseguía hacerle frente. Sabía que posiblemente sería bueno recurrir a un especialista, pero no lo hice, tenía miedo de afrontar la realidad. Así que continué maltratándome y refugiándome en mi pena interior, lo hacía solo, pues cara a la galería era el mismo individuo fuerte y seguro de toda la vida.

miércoles, 30 de octubre de 2013

IX


Volviendo de nuevo a la vida real, recuerdo la primera visita que realicé a mi neurólogo tras haber realizado todas las pruebas pertinentes que confirmaran mi enfermedad de Parkinson. Fue en el Hospital de San Cecilio, fui solo y llegar hasta el área de neurología fue todo un reto, pues se encontraba en la parte antigua del hospital y hube de recorrer infinidad de pasillos y plantas hasta dar con ella.
La planta de neurología se hallaba totalmente abarrotada de pacientes que esperaban estoicamente su turno, como pude me hice sitio en un rincón y aguardé a que me llamaran. Transcurrió algo más de media hora hasta que lo hicieran, tiempo que se me hizo eterno, pues el ambiente no era muy festivo. Mientras tanto me fui fijando en la totalidad de los pacientes que conformaban la lista de espera, intentando descubrir alguno que tuviera Parkinson. Pero fue imposible, ninguno se ajustaba a los cánones que yo imaginaba.
Una voz masculina dijo mi nombre a través del sistema de megafonía, indicando que pasara a la consulta número tres. En ella se encontraba el doctor Gutiérrez que, como era habitual en él, me dijo antes de saludarme que me quitara los zapatos y anduviera en dirección a una mesa que había al fondo del despacho. A continuación me auscultó en las piernas con un pequeño martillo y me indicó que con los dedos pulgar y corazón de las manos hiciera palmas. Algo tan simple tuvo su complicación, pues las primeras veces me resultó facilísimo, pero conforme avanzaba el tiempo me era imposible continuar haciéndolo.
-Bueno –me dijo, sin darme ningún tipo de explicación-, vamos a iniciar el tratamiento. En un principio comenzarás tomando unos comprimidos de Mirapexin 0,18. Lo harás del siguiente modo: un cuarto de comprimido por la mañana, otro cuarto a mediodía y media pastilla por la noche. Tú mismo fijarás las horas que más te convienen. Cuando transcurran dos meses vuelves y evaluaré tu estado.  

sábado, 26 de octubre de 2013

VIII

Todos estos recuerdos que he narrado con anterioridad, no sé si sucedieron hace siete, ocho o diez años. Son como una especie de sueño del que he ido despertando paulatinamente hasta llegar al día de hoy. En este intervalo de tiempo he ido adaptándome a mi nueva vida con el Parkinson.
Han sido días, meses y años contradictorios, en los que mi existencia nada tenía que ver con la anteriormente vivida. Mi espíritu, por así denominarlo, coexistía con un cuerpo diferente al que había conocido durante años. Al principio se negaba a aceptarlo, lo que ocasionaba una desazón tremenda, que me era muy difícil compartir pues nadie la comprendía. Deseaba explicársela a mi mujer, pero ella no se percibía de mi necesidad. Tan sólo María, una amiga, que había tenido cáncer parecía comprender por lo que estaba pasando. Fueron unos años en los que fui conociendo al Parkinson y no adaptándome a sus reglas, que, por cierto, eran muy estrictas. Mi vida la tuve que ajustar a sus caprichos, teniendo que cambiar radicalmente mi forma de ser.
Mi Parkinson no es de temblores, yo no tengo ningún tipo de temblor, en mi caso padezco rigidez muscular. Cuando me quedo en off, por falta de dopamina, mis músculos se contraen y se vuelven torpes y lentos. Entonces he de tomar una píldora de levadopa que me vuelve a accionar. Esta circunstancia no es tan simple como parece, pues a raíz de ella sufro una especie de inestabilidad que me hace tener momentos muy dificultosos, a los que no llego a acostumbrarme. Para superarlos hay que ser muy fuerte psicológicamente y luchar a diario. Imagino que la mayoría de los parkinsonianos no pueden superarlos, y entonces vienen las depresiones, las angustias y el malestar general.
En un principio, yo no era tan fuerte como actualmente lo soy y me angustiaba y me deprimía. Pero un día decidí ponerle fin a este incidente, aliándome con el Parkinson y plantándole cara, analizando mi mal y buscándole el lado positivo. Dejé de pensar en las infinitas dificultades a que estaba sometido e intenté vivir con el Parkinson, logrando de este modo en tenerlo como un modo de vida. Fue éste un proceso agónico, del que afortunadamente he logrado salir victorioso, aunque sin bajar la guardia. Desistí de mis paranoias, intentando convertirlo en “mi compañero Parkinson”. Para ello, desistí de pensar en negativo, mentalizándome en conseguir una actitud positiva hacia la enfermedad.
No me daría por derrotado, tenía que vencer el mal como fuera. Pensé mucho en cómo conseguirlo, no deseaba la ayuda de nadie, era mi problema y yo debería solucionarlo. Reflexioné durante bastantes días, llegando a la conclusión de que debería hallar algo que ilusionara mi resquebrajada existencia, algo que me hiciera ser en parte el mismo de antes, que me hiciera soñar con metas ya descartadas…
Lo conseguí, gracias a la afición que tengo desde mi infancia por los caballos. Siempre había habido un caballo en mi vida, todos mis mejores recuerdos estaban ligados a este bello animal. Hacía años que no poseía uno, el trabajo y la falta de medios me lo impedían. Pero ahora lo necesitaba, estaba completamente seguro que montar de nuevo sería el acicate que lograría devolverme la ilusión por seguir viviendo y dejar de vegetar.

miércoles, 23 de octubre de 2013

VII


Ahora no sé cómo continuar la historia. Mejor dicho no me apetece continuar, los recuerdos son muy desagradables, pero estoy comprometido con el blog y seguiré hacia adelante.
Tras la visita al neurólogo, mi vida cambió radicalmente, habiendo un antes y un después. Un antes del Parkinson y un después del Parkinson. Ya nunca podría vivir sin la fatídica palabra, ella me acompañaba a todas parte, por mucho que lo intentaba no lograba quitármela de mi pensamiento. Si estaba comiendo, allí estaba; si iba al cine, allí estaba; si me duchaba, allí estaba.
Fueron días muy tristes, no lograba asimilar la enfermedad que me había tocado vivir. Aquello debería ser un sueño, una mala pesadilla, que no  me podía estar ocurriendo. Analicé mi vida en repetidas ocasiones y algo muy malo debería haber hecho para recibir tal castigo. Pensé en las personas que padecían otro tipo de enfermedad, posiblemente más severa, como el cáncer. A dos amigas mías les habían extirpado un pecho. Aquello si era un castigo, pero también me decía que con seguridad dentro de unos años será un mal recuerdo vivido, pero yo nunca podría deshacerme del Parkinson, me acompañaría hasta la tumba.
Estaba muy enfadado, muy resentido, muy cabreado. Por qué a mí me tenía que haber ocurrido. Siempre me había cuidado mucho, haciendo deporte, no fumando, no bebiendo. Vaya mierda de vida, continuamente luchando y ahora que parecía que los problemas se habían solucionado surge repentinamente el Parkinson. Odiaba la maldita palabra. Parkinson. Nada me consolaba, y sin embargo sabía que no podía rendirme, siempre a lo largo de mi existencia le había plantado cara a todas las desgracias y ésta no iba a ser distinta. Algún medio debería haber para encontrar una salida, cualquier problema tiene una solución, pero yo no la localizaba.

lunes, 21 de octubre de 2013

VI


-Aunque sé que tienes Parkinson, tenemos que hacerte unas pruebas que lo confirmen –me dijo el doctor-. Lo primero es asegurar que padeces la enfermedad. Así, que tienes que realizarte un chequeo completo. Para ello, debes de hacerte un análisis de sangre y de orina, junto con el de otras sustancias que nos ayudarán a diagnosticar la enfermedad. De este modo, conoceremos exactamente el proceso de la enfermedad y podré monitorizar los medicamentos terapéuticos que deberás tomar. Los análisis de sangre me ayudarán a detectar posibles infecciones cerebrales y de la médula espinal. Las pruebas químicas nos indicarán los trastornos proteínicos, algunas formas de distrofia muscular y diabetes. El análisis de orina nos revelará las sustancias anormales en la orina y la presencia o ausencia de ciertas proteínas que causan el Parkinson. También te auscultaré con el diapasón y el martillo y realizaremos una radiografía del cráneo. Esta se llevará a cabo inoculándote una ráfaga concentrada de una dosis baja de radiación ionizada a través del cuerpo. Ya que el calcio de los huesos absorbe los rayos X y la estructura ósea aparecerá blanca en la película.
>>También deberán de realizarte una fluoroscopia mediante un tubo de rayos X, las imágenes resultantes se grabarán en un vídeo. Estas pruebas generalmente llevan consigo imágenes de medicina nuclear, en las que se usan pequeñas cantidades de materiales radioactivos, que me informarán de la función y la estructura del órgano.
>>Para finalizar haremos una ecografía cerebral, concretamente una tomografía computada, de la que se obtendrá imágenes por resonancia magnética.
>>Cuando hallas realizado todas estas pruebas pide cita en el Hospital Clínico de san Cecilio e iniciaremos el tratamiento para controlar tu Parkinson. Mientras tanto, lleva una vida normal y no pienses en negativo. Si supieras la cantidad de gente que tiene Parkinson te asombrarías.

domingo, 20 de octubre de 2013

V



La clínica del doctor Gutiérrez se encontraba en un barrio periférico de  mí ciudad, no era lo que yo había imaginado. Era espartana en su decoración y los únicos ornamentos que cubrían las paredes eran los títulos obtenidos durante los años de profesión y dos orlas de la Facultad de Medicina, una correspondiente a la licenciatura y la otra a la especialidad en Neurología. Estaba buscando la fotografía del doctor, cuando la enfermera me indicó que pasara al despacho, que me estaban esperando.
El doctor Gutiérrez era un chico joven, en nada se parecía al que yo había imaginado. Tenía un aire de persona introvertida y algo descuidada en su vestir, así lo atestiguaba su bata blanca. Pero en cambio poseía una mirada inteligentísima que mostraba debajo de sus gafas metálicas. Era una de las personas que, nada más verlo, te inspiran seguridad. Recuerdo que ni me ofreció una silla para sentarme, sino que a bocajarro y sin más diálogo, me dijo: tienes Parkinson. Yo como respuesta a esa terrible noticia, le dije, ¿y tú no tendrás un cigarrillo?, me estoy mareando, discúlpame pero tengo que salir a la calle, no me encuentro bien.
De este modo  conocí a mi Compañero Parkinson, aunque aún faltaban algunos años para que interiorizara su entidad y la asociación que conformaríamos para el resto de nuestros días. Cuando volví a la clínica, el doctor y mi mujer charlaban, yo me senté en la única silla que había libre y oí como entresueños la voz de mi esposa que me decía: no te preocupes, el doctor me indica que los tratamientos para la enfermedad de Parkinson están muy avanzados y que podrás llevar una vida “casi” normal. “Casi”, fue ese calificativo lo que me terminó de estremecer. Ya nunca volvería a ser el mismo de unos años atrás. Y de repente me vinieron a la cabeza imágenes de mi tío Paco, un primo hermano de mi abuelo materno, que tenía Parkinson y tomaba la sopa con pajita. Así me vería yo dentro de unos años.

sábado, 19 de octubre de 2013

IV


Transcurrieron los días, las semanas, los meses… y no notaba ninguna mejoría. Me encontraba solo sin ninguna solución al malestar. De este modo me era muy difícil vivir, pensaba en que la mejor solución a una vida así era la muerte. Tenía 48 años y por lógica me quedaba mucho tiempo  de vida, pero que clase de vida es la que tendría, aquello no era vivir, era padecer una angustia constante sin ninguna alternativa. Así iba a transcurrir el resto de mi existencia. Me revelaba a que de este modo fuera, siempre había sido un luchador y no me podía dejar vencer. Debería hallar una solución, pero no sabía a quién recurrir. 
Le dije a mi mujer que sería preciso visitar a un psiquiatra para que me tratase y me diagnosticara cual era el mal que padecía. No podía continuar por mucho tiempo soportando aquellas sensaciones tan horrendas, debería haber alguna solución.
Varios familiares me dijeron que tenía aspecto de enfermo y era cierto, el rostro lo tenía desencajado y cada día que pasaba me era más difícil terminarlo. Nada me dolía y, sin embargo, notaba en mi interior que me consumía; una desazón tremenda agitaba todo mi ser. Era como estar nervioso las 24 horas del día y sin posibilidades de encontrar la tranquilidad, recurría a mil maneras de serenarme: escuchando música, pensando en cabalgar por el campo, ideándome viajes. Nada lograba que encontrase el bienestar. Seguir viviendo de este modo era demencial, alguna solución debería haber. Pero quien sería el que me la proporcionara.
Por aquellas fechas hice una escapada familiar a Almería, para visitar a unos amigos. Uno de ellos era médico y cuando le conté lo que me estaba ocurriendo, me indicó que debería ponerme en manos de un neurólogo, que con seguridad me diagnosticaría mi enfermedad.

viernes, 18 de octubre de 2013

III


Tras la visita a mi médico de cabecera, comencé a realizar el tratamiento con Valium y como es lógico no sentí ningún tipo de mejoría. Lo único que me ocurrió es que estaba todo el día aturdido, el efecto del Valium me dejaba amodorrado. Hecho que me causaba cierta tranquilidad y me hacía descartar algunos temores.
De todos modos, seguía encontrándome incómodo, teniendo que estar muy activo para hallarme en un estado mental sereno. Recuerdo que realicé un viaje familiar a Segovia y conducir era toda una aventura. El coche se me iba siempre hacia la izquierda y agarraba el volante con tanta fuerza que me dolían los brazos. Mi estado de ánimo iba decayendo sistemáticamente, habiendo momentos que lo único que deseaba era llorar. Tan sólo me hallaba cómodo cuando estaba tumbado y sobretodo durmiendo. Dormir era el refugio que había encontrado y siempre que podía lo hacía, evadiéndome así de la realidad.
Las personas más allegadas comenzaron a notar que algo extraño me estaba ocurriendo, no así mi mujer que parecía no darse cuenta. Yo mientras tanto, me volví muy esquivo, siempre buscaba una excusa para no tener que salir a la calle, planificando mi trabajo de tal modo que lo realizaba desde mi despacho. Dejé el deporte, dejé de salir a tomar café, dejé de ir al cine, dejé de pasear por el campo…
Cuando no me quedaba más remedio que salir, hacerlo era toda una epopeya. Primero debía de vestirme y eso era un suplicio, no encontraba el modo de subirme los pantalones y menos de abrochármelos. Recuerdo que los sujetaba con el filo de una mesa y a base de mucha concentración y tiempo lograba ponérmelos; a continuación venía ponerse la camisa y no podía hacerlo pues los músculos de los hombros me dolían a rabiar y arremeterla me era imposible, pues cuando la tenía en su lugar los pantalones se caían, con el trabajo que me había costado colocármelos.
Mientras tanto, mi mujer me llamaba: ¡Que llegamos tarde! Y a mi aún me faltaba ponerme los calcetines y los zapatos. Los calcetines en aquellos tiempos parecían que eran de una talla muy pequeña, me era del todo imposible calzarlos, había veces que tardaba hasta cinco minutos en ponerme cada uno de ellos. Y el anudado de los zapatos, para que contar, era una tarea casi prodigiosa. Fue en aquellas fechas cuando decidí dejar de ponerme corbata, pues era un signo muy retrógrado; aunque la realidad era otra, no podía hacerme el nudo, carecía de sensibilidad para ello.
Una vez en la calle pensaba, mientras caminaba, que la gente no hacía más que mirarme y en los espejos me observaba deforme. Si tomaba café con algún amigo, no tenía paciencia para entablar una conversación continuada, marchándome lo más pronto posible. Todas estas sensaciones se las intentaba transmitir a mi mujer, pera ella me decía que me veía bien, que me tranquilizara… Imagino que lo haría para no agobiarme más de lo que ya estaba.

jueves, 17 de octubre de 2013

II


Una mañana tomé la decisión de pedir cita para consultar a mi médico de cabecera sobre el problema que había surgido en mí vida y que tan preocupado me empezaba a tener. Por aquellas fechas yo creía vislumbrar, a pesar de mi falta de conocimiento médico, el nombre de la enfermedad. Y un miedo atroz embargaba todo mi ser, no quería ni pensar que a mí me pudiera ocurrir tal desgracia. Es más, era incapaz de ponerle nombre en mi pensamiento.
Mientras aguardaba mi turno en el ambulatorio, recordé la primera vez que consulté en Internet sobre algunos de los síntomas que  me había notado: letra pequeña, rigidez en el cuerpo, los brazos no se movían al caminar y dolor en los hombros. Todas las búsquedas en las diferentes páginas que visité daban un mismo resultado.
Repentinamente escuché mi nombre a través de la megafonía del ambulatorio, indicándome que me dirigiera al despacho 1. En él se encontraba mi médico de cabecera, al que nunca había visitado en mis 48 años. Tras la presentación de rigor, pude comprobar que el doctor era un hombre amable y cercano; al que tras contarle todas mis impresiones, no supo diagnosticarlas. Es más, me dijo que posiblemente tendría el principio de una pequeña depresión y que tomase tres veces al día unos comprimidos de Valium.
-Con seguridad, pasadas unas horas comenzará a sentirse mejor, pues el Valium contiene como principio activo el diazepam, que produce efectos tranquilizantes, sedantes y relajantes de la musculatura. Y deje de pensar en extrañas enfermedades como el Parkinson. Es usted muy joven para tener esa enfermedad.

I

Desde un tiempo atrás notaba que algo extraño estaba ocurriendo en mí. Era como si estuviese nervioso sin motivo alguno, acentuándose el malestar cuando realizaba alguna actividad en la que participaran personas. Recuerdo la intranquilidad que me infundía jugar un simple partido de frontón, tomar un café con algún amigo o tener una simple reunión de trabajo.
-¡Dios! –Pensaba-, debo de cambiar de vida. El estrés que tengo me está volviendo loco. ¿Estrés?, pero por qué voy a tener estrés, si carezco de problemas familiares, el trabajo marcha sobre ruedas y tengo mucho tiempo libre para hacer deporte y leer. Creo que lo que me ocurre es que nunca he llevado una vida tan equilibrada y mi sistema nervioso no está acostumbrado a tanta tranquilidad. Será mejor que no me haga caso a mí mismo, de todos modos sé que soy un hipocondriaco y siempre le busco cinco pies al gato.
Pero transcurrían los días, las semanas y los meses y aquella desazón no dejaba de incomodarme. A veces, en algunas horas del día se volvía insoportable y yo seguía amparándome en que la causa no era otra que una estabilidad en mi vida. Y que la solución estaría en realizar una mayor actividad tanto de trabajo como de ocio. Así, que comencé a trabajar infatigablemente en etapas de 12 horas casi ininterrumpidas, del mismo modo me machacaba haciendo deporte de manera exagerada. Pero la ansiedad que se había apoderado de mí ser no desaparecía.
Comencé a preocuparme seriamente, ¿qué tendría? Sería un tumor cerebral o sería el principio de una enfermedad psicológica que me llevaría a perder la razón. Para colmo de los males, cada día apreciaba una mayor rigidez muscular y me costaba muchísimo escribir con bolígrafo; la letra apenas era legible y cada vez de menores dimensiones y apelmazada. Además, había dejado de bracear con el brazo derecho, era como si éste estuviese dormido.