Todos estos recuerdos que he narrado con anterioridad, no sé si sucedieron hace siete, ocho o diez años. Son como una especie de sueño del que he ido despertando paulatinamente hasta llegar al día de hoy. En este intervalo de tiempo he ido adaptándome a mi nueva vida con el Parkinson.
Han sido días, meses y años contradictorios, en los que mi existencia nada tenía que ver con la anteriormente vivida. Mi espíritu, por así denominarlo, coexistía con un cuerpo diferente al que había conocido durante años. Al principio se negaba a aceptarlo, lo que ocasionaba una desazón tremenda, que me era muy difícil compartir pues nadie la comprendía. Deseaba explicársela a mi mujer, pero ella no se percibía de mi necesidad. Tan sólo María, una amiga, que había tenido cáncer parecía comprender por lo que estaba pasando. Fueron unos años en los que fui conociendo al Parkinson y no adaptándome a sus reglas, que, por cierto, eran muy estrictas. Mi vida la tuve que ajustar a sus caprichos, teniendo que cambiar radicalmente mi forma de ser.
Mi Parkinson no es de temblores, yo no tengo ningún tipo de temblor, en mi caso padezco rigidez muscular. Cuando me quedo en off, por falta de dopamina, mis músculos se contraen y se vuelven torpes y lentos. Entonces he de tomar una píldora de levadopa que me vuelve a accionar. Esta circunstancia no es tan simple como parece, pues a raíz de ella sufro una especie de inestabilidad que me hace tener momentos muy dificultosos, a los que no llego a acostumbrarme. Para superarlos hay que ser muy fuerte psicológicamente y luchar a diario. Imagino que la mayoría de los parkinsonianos no pueden superarlos, y entonces vienen las depresiones, las angustias y el malestar general.
En un principio, yo no era tan fuerte como actualmente lo soy y me angustiaba y me deprimía. Pero un día decidí ponerle fin a este incidente, aliándome con el Parkinson y plantándole cara, analizando mi mal y buscándole el lado positivo. Dejé de pensar en las infinitas dificultades a que estaba sometido e intenté vivir con el Parkinson, logrando de este modo en tenerlo como un modo de vida. Fue éste un proceso agónico, del que afortunadamente he logrado salir victorioso, aunque sin bajar la guardia. Desistí de mis paranoias, intentando convertirlo en “mi compañero Parkinson”. Para ello, desistí de pensar en negativo, mentalizándome en conseguir una actitud positiva hacia la enfermedad.
No me daría por derrotado, tenía que vencer el mal como fuera. Pensé mucho en cómo conseguirlo, no deseaba la ayuda de nadie, era mi problema y yo debería solucionarlo. Reflexioné durante bastantes días, llegando a la conclusión de que debería hallar algo que ilusionara mi resquebrajada existencia, algo que me hiciera ser en parte el mismo de antes, que me hiciera soñar con metas ya descartadas…
Lo conseguí, gracias a la afición que tengo desde mi infancia por los caballos. Siempre había habido un caballo en mi vida, todos mis mejores recuerdos estaban ligados a este bello animal. Hacía años que no poseía uno, el trabajo y la falta de medios me lo impedían. Pero ahora lo necesitaba, estaba completamente seguro que montar de nuevo sería el acicate que lograría devolverme la ilusión por seguir viviendo y dejar de vegetar.
Me alegro que hayas encontrado el camino por donde encausar tus emociones. Cada persona logra salir , mejor dicho aceptar lo que nos ha tocado vivir y aqui no solo el afectado sino el familiar mas cercano ,en tu caso tu mujer.Que aunque tu no creas tambien le ha cambiado la vida.Vive el momento,ahora son tus caballos y tu familia.Solo una cosa mas,que todo pasa por una razon....................reflexiona estas palabras. HASTA PRONTO
ResponderEliminarMe agradan mucho tus comentarios, es siempre positivo saber que alguien te lee con cariño. Intentaré continuar mis relatos sobre nuestro compañero Parkinson. Un saludo
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