Tras la visita a mi médico de
cabecera, comencé a realizar el tratamiento con Valium y como es lógico no
sentí ningún tipo de mejoría. Lo único que me ocurrió es que estaba todo el día
aturdido, el efecto del Valium me dejaba amodorrado. Hecho que me causaba
cierta tranquilidad y me hacía descartar algunos temores.
De todos modos, seguía encontrándome incómodo, teniendo que estar muy activo para hallarme en un estado mental sereno. Recuerdo que realicé un viaje familiar a Segovia y conducir era toda una aventura. El coche se me iba siempre hacia la izquierda y agarraba el volante con tanta fuerza que me dolían los brazos. Mi estado de ánimo iba decayendo sistemáticamente, habiendo momentos que lo único que deseaba era llorar. Tan sólo me hallaba cómodo cuando estaba tumbado y sobretodo durmiendo. Dormir era el refugio que había encontrado y siempre que podía lo hacía, evadiéndome así de la realidad.
Las personas más allegadas comenzaron a notar que algo extraño me estaba ocurriendo, no así mi mujer que parecía no darse cuenta. Yo mientras tanto, me volví muy esquivo, siempre buscaba una excusa para no tener que salir a la calle, planificando mi trabajo de tal modo que lo realizaba desde mi despacho. Dejé el deporte, dejé de salir a tomar café, dejé de ir al cine, dejé de pasear por el campo…
Cuando no me quedaba más remedio que salir, hacerlo era toda una epopeya. Primero debía de vestirme y eso era un suplicio, no encontraba el modo de subirme los pantalones y menos de abrochármelos. Recuerdo que los sujetaba con el filo de una mesa y a base de mucha concentración y tiempo lograba ponérmelos; a continuación venía ponerse la camisa y no podía hacerlo pues los músculos de los hombros me dolían a rabiar y arremeterla me era imposible, pues cuando la tenía en su lugar los pantalones se caían, con el trabajo que me había costado colocármelos.
Mientras tanto, mi mujer me llamaba: ¡Que llegamos tarde! Y a mi aún me faltaba ponerme los calcetines y los zapatos. Los calcetines en aquellos tiempos parecían que eran de una talla muy pequeña, me era del todo imposible calzarlos, había veces que tardaba hasta cinco minutos en ponerme cada uno de ellos. Y el anudado de los zapatos, para que contar, era una tarea casi prodigiosa. Fue en aquellas fechas cuando decidí dejar de ponerme corbata, pues era un signo muy retrógrado; aunque la realidad era otra, no podía hacerme el nudo, carecía de sensibilidad para ello.
Una vez en la calle pensaba, mientras caminaba, que la gente no hacía más que mirarme y en los espejos me observaba deforme. Si tomaba café con algún amigo, no tenía paciencia para entablar una conversación continuada, marchándome lo más pronto posible. Todas estas sensaciones se las intentaba transmitir a mi mujer, pera ella me decía que me veía bien, que me tranquilizara… Imagino que lo haría para no agobiarme más de lo que ya estaba.
De todos modos, seguía encontrándome incómodo, teniendo que estar muy activo para hallarme en un estado mental sereno. Recuerdo que realicé un viaje familiar a Segovia y conducir era toda una aventura. El coche se me iba siempre hacia la izquierda y agarraba el volante con tanta fuerza que me dolían los brazos. Mi estado de ánimo iba decayendo sistemáticamente, habiendo momentos que lo único que deseaba era llorar. Tan sólo me hallaba cómodo cuando estaba tumbado y sobretodo durmiendo. Dormir era el refugio que había encontrado y siempre que podía lo hacía, evadiéndome así de la realidad.
Las personas más allegadas comenzaron a notar que algo extraño me estaba ocurriendo, no así mi mujer que parecía no darse cuenta. Yo mientras tanto, me volví muy esquivo, siempre buscaba una excusa para no tener que salir a la calle, planificando mi trabajo de tal modo que lo realizaba desde mi despacho. Dejé el deporte, dejé de salir a tomar café, dejé de ir al cine, dejé de pasear por el campo…
Cuando no me quedaba más remedio que salir, hacerlo era toda una epopeya. Primero debía de vestirme y eso era un suplicio, no encontraba el modo de subirme los pantalones y menos de abrochármelos. Recuerdo que los sujetaba con el filo de una mesa y a base de mucha concentración y tiempo lograba ponérmelos; a continuación venía ponerse la camisa y no podía hacerlo pues los músculos de los hombros me dolían a rabiar y arremeterla me era imposible, pues cuando la tenía en su lugar los pantalones se caían, con el trabajo que me había costado colocármelos.
Mientras tanto, mi mujer me llamaba: ¡Que llegamos tarde! Y a mi aún me faltaba ponerme los calcetines y los zapatos. Los calcetines en aquellos tiempos parecían que eran de una talla muy pequeña, me era del todo imposible calzarlos, había veces que tardaba hasta cinco minutos en ponerme cada uno de ellos. Y el anudado de los zapatos, para que contar, era una tarea casi prodigiosa. Fue en aquellas fechas cuando decidí dejar de ponerme corbata, pues era un signo muy retrógrado; aunque la realidad era otra, no podía hacerme el nudo, carecía de sensibilidad para ello.
Una vez en la calle pensaba, mientras caminaba, que la gente no hacía más que mirarme y en los espejos me observaba deforme. Si tomaba café con algún amigo, no tenía paciencia para entablar una conversación continuada, marchándome lo más pronto posible. Todas estas sensaciones se las intentaba transmitir a mi mujer, pera ella me decía que me veía bien, que me tranquilizara… Imagino que lo haría para no agobiarme más de lo que ya estaba.
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