La clínica del doctor Gutiérrez
se encontraba en un barrio periférico de
mí ciudad, no era lo que yo había imaginado. Era espartana en su
decoración y los únicos ornamentos que cubrían las paredes eran los títulos
obtenidos durante los años de profesión y dos orlas de la Facultad de Medicina,
una correspondiente a la licenciatura y la otra a la especialidad en
Neurología. Estaba buscando la fotografía del doctor, cuando la enfermera me
indicó que pasara al despacho, que me estaban esperando.
El doctor Gutiérrez era un chico joven, en nada se parecía al que yo había imaginado. Tenía un aire de persona introvertida y algo descuidada en su vestir, así lo atestiguaba su bata blanca. Pero en cambio poseía una mirada inteligentísima que mostraba debajo de sus gafas metálicas. Era una de las personas que, nada más verlo, te inspiran seguridad. Recuerdo que ni me ofreció una silla para sentarme, sino que a bocajarro y sin más diálogo, me dijo: tienes Parkinson. Yo como respuesta a esa terrible noticia, le dije, ¿y tú no tendrás un cigarrillo?, me estoy mareando, discúlpame pero tengo que salir a la calle, no me encuentro bien.
De este modo conocí a mi Compañero Parkinson, aunque aún faltaban algunos años para que interiorizara su entidad y la asociación que conformaríamos para el resto de nuestros días. Cuando volví a la clínica, el doctor y mi mujer charlaban, yo me senté en la única silla que había libre y oí como entresueños la voz de mi esposa que me decía: no te preocupes, el doctor me indica que los tratamientos para la enfermedad de Parkinson están muy avanzados y que podrás llevar una vida “casi” normal. “Casi”, fue ese calificativo lo que me terminó de estremecer. Ya nunca volvería a ser el mismo de unos años atrás. Y de repente me vinieron a la cabeza imágenes de mi tío Paco, un primo hermano de mi abuelo materno, que tenía Parkinson y tomaba la sopa con pajita. Así me vería yo dentro de unos años.
El doctor Gutiérrez era un chico joven, en nada se parecía al que yo había imaginado. Tenía un aire de persona introvertida y algo descuidada en su vestir, así lo atestiguaba su bata blanca. Pero en cambio poseía una mirada inteligentísima que mostraba debajo de sus gafas metálicas. Era una de las personas que, nada más verlo, te inspiran seguridad. Recuerdo que ni me ofreció una silla para sentarme, sino que a bocajarro y sin más diálogo, me dijo: tienes Parkinson. Yo como respuesta a esa terrible noticia, le dije, ¿y tú no tendrás un cigarrillo?, me estoy mareando, discúlpame pero tengo que salir a la calle, no me encuentro bien.
De este modo conocí a mi Compañero Parkinson, aunque aún faltaban algunos años para que interiorizara su entidad y la asociación que conformaríamos para el resto de nuestros días. Cuando volví a la clínica, el doctor y mi mujer charlaban, yo me senté en la única silla que había libre y oí como entresueños la voz de mi esposa que me decía: no te preocupes, el doctor me indica que los tratamientos para la enfermedad de Parkinson están muy avanzados y que podrás llevar una vida “casi” normal. “Casi”, fue ese calificativo lo que me terminó de estremecer. Ya nunca volvería a ser el mismo de unos años atrás. Y de repente me vinieron a la cabeza imágenes de mi tío Paco, un primo hermano de mi abuelo materno, que tenía Parkinson y tomaba la sopa con pajita. Así me vería yo dentro de unos años.
Sigo leyendo y cada vez me veo mas reflejada en tu ,no se como decirlo..........vivencias ,sintomas,tu reacciones,miedo.............me veo a mi misma.
ResponderEliminarQuerida M. Angustias, me alegro muchísimo que te guste. Pretendo dar esperanza.
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