jueves, 17 de octubre de 2013

I

Desde un tiempo atrás notaba que algo extraño estaba ocurriendo en mí. Era como si estuviese nervioso sin motivo alguno, acentuándose el malestar cuando realizaba alguna actividad en la que participaran personas. Recuerdo la intranquilidad que me infundía jugar un simple partido de frontón, tomar un café con algún amigo o tener una simple reunión de trabajo.
-¡Dios! –Pensaba-, debo de cambiar de vida. El estrés que tengo me está volviendo loco. ¿Estrés?, pero por qué voy a tener estrés, si carezco de problemas familiares, el trabajo marcha sobre ruedas y tengo mucho tiempo libre para hacer deporte y leer. Creo que lo que me ocurre es que nunca he llevado una vida tan equilibrada y mi sistema nervioso no está acostumbrado a tanta tranquilidad. Será mejor que no me haga caso a mí mismo, de todos modos sé que soy un hipocondriaco y siempre le busco cinco pies al gato.
Pero transcurrían los días, las semanas y los meses y aquella desazón no dejaba de incomodarme. A veces, en algunas horas del día se volvía insoportable y yo seguía amparándome en que la causa no era otra que una estabilidad en mi vida. Y que la solución estaría en realizar una mayor actividad tanto de trabajo como de ocio. Así, que comencé a trabajar infatigablemente en etapas de 12 horas casi ininterrumpidas, del mismo modo me machacaba haciendo deporte de manera exagerada. Pero la ansiedad que se había apoderado de mí ser no desaparecía.
Comencé a preocuparme seriamente, ¿qué tendría? Sería un tumor cerebral o sería el principio de una enfermedad psicológica que me llevaría a perder la razón. Para colmo de los males, cada día apreciaba una mayor rigidez muscular y me costaba muchísimo escribir con bolígrafo; la letra apenas era legible y cada vez de menores dimensiones y apelmazada. Además, había dejado de bracear con el brazo derecho, era como si éste estuviese dormido.

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