miércoles, 30 de octubre de 2013

IX


Volviendo de nuevo a la vida real, recuerdo la primera visita que realicé a mi neurólogo tras haber realizado todas las pruebas pertinentes que confirmaran mi enfermedad de Parkinson. Fue en el Hospital de San Cecilio, fui solo y llegar hasta el área de neurología fue todo un reto, pues se encontraba en la parte antigua del hospital y hube de recorrer infinidad de pasillos y plantas hasta dar con ella.
La planta de neurología se hallaba totalmente abarrotada de pacientes que esperaban estoicamente su turno, como pude me hice sitio en un rincón y aguardé a que me llamaran. Transcurrió algo más de media hora hasta que lo hicieran, tiempo que se me hizo eterno, pues el ambiente no era muy festivo. Mientras tanto me fui fijando en la totalidad de los pacientes que conformaban la lista de espera, intentando descubrir alguno que tuviera Parkinson. Pero fue imposible, ninguno se ajustaba a los cánones que yo imaginaba.
Una voz masculina dijo mi nombre a través del sistema de megafonía, indicando que pasara a la consulta número tres. En ella se encontraba el doctor Gutiérrez que, como era habitual en él, me dijo antes de saludarme que me quitara los zapatos y anduviera en dirección a una mesa que había al fondo del despacho. A continuación me auscultó en las piernas con un pequeño martillo y me indicó que con los dedos pulgar y corazón de las manos hiciera palmas. Algo tan simple tuvo su complicación, pues las primeras veces me resultó facilísimo, pero conforme avanzaba el tiempo me era imposible continuar haciéndolo.
-Bueno –me dijo, sin darme ningún tipo de explicación-, vamos a iniciar el tratamiento. En un principio comenzarás tomando unos comprimidos de Mirapexin 0,18. Lo harás del siguiente modo: un cuarto de comprimido por la mañana, otro cuarto a mediodía y media pastilla por la noche. Tú mismo fijarás las horas que más te convienen. Cuando transcurran dos meses vuelves y evaluaré tu estado.  

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