Ya estaba dispuesto a ir a
Valencia para dejarme explorar por este insigne doctor. Pero alguien me informó
que todo era una patraña, y que lo único que conseguiría sería gastarme una
cantidad importante de dinero sin ningún resultado que valiera la pena.
Fueron meses de desconcierto, en los que me refugié en la soledad de mi despacho y en una pena terrible que me embargaba. Todo el día me lo tiraba pensando en el Parkinson, en como lo afrontaría en el futuro y en lo que sería de mí. Mis pensamientos no los compartía con nadie y me consideraba un paria, con la única ilusión de que los años de vida que me quedaban, tenía 48 o 49, transcurrieran rápidos y terminar mi existencia con cierta dignidad.
No recuerdo el tiempo que transcurrió de este modo tan adverso, lo único que evoco es el sentimiento tan grande de angustia que me abrumaba a lo largo de los días. Fueron muchos meses, meses en que lo único que hacía era trabajar, no por la satisfacción que el trabajo me pudiera proporcionar, sino por una cuestión ética de no dejar a mi familia en la estacada.
Dejé de salir a la calle y de relacionarme, no deseaba ningún tipo de contacto, pues creía que la gente se daba cuenta de mi situación, produciéndoles pena. Y mi orgullo era lo que menos necesitaba. Yo no era ningún inútil, pero me comportaba como si lo fuera. Para colmo, alguien me dijo que en mi estado sería inteligente pedirme una baja laboral.
No podía ser que todo aquello me estuviese ocurriendo a mí. Además, me volví muy sensible, el abrazo de mi hija me hacía llorar, una mala respuesta de mi mujer me atolondraba para el resto de la jornada. Cuanto había cambiado, ya no me producía satisfacción escribir, ni hacer deporte, ni leer. El tiempo libre lo ocupaba en estar sentado delante de la televisión, intentando no pensar y consumir el maldito tiempo.
Hay enfermedades que te imposibilitan debido al dolor, en el Parkinson nada te “duele”, pero a cambio tienes una carga psicológica que te mina a diario. Yo por aquellos años no conseguía hacerle frente. Sabía que posiblemente sería bueno recurrir a un especialista, pero no lo hice, tenía miedo de afrontar la realidad. Así que continué maltratándome y refugiándome en mi pena interior, lo hacía solo, pues cara a la galería era el mismo individuo fuerte y seguro de toda la vida.
Fueron meses de desconcierto, en los que me refugié en la soledad de mi despacho y en una pena terrible que me embargaba. Todo el día me lo tiraba pensando en el Parkinson, en como lo afrontaría en el futuro y en lo que sería de mí. Mis pensamientos no los compartía con nadie y me consideraba un paria, con la única ilusión de que los años de vida que me quedaban, tenía 48 o 49, transcurrieran rápidos y terminar mi existencia con cierta dignidad.
No recuerdo el tiempo que transcurrió de este modo tan adverso, lo único que evoco es el sentimiento tan grande de angustia que me abrumaba a lo largo de los días. Fueron muchos meses, meses en que lo único que hacía era trabajar, no por la satisfacción que el trabajo me pudiera proporcionar, sino por una cuestión ética de no dejar a mi familia en la estacada.
Dejé de salir a la calle y de relacionarme, no deseaba ningún tipo de contacto, pues creía que la gente se daba cuenta de mi situación, produciéndoles pena. Y mi orgullo era lo que menos necesitaba. Yo no era ningún inútil, pero me comportaba como si lo fuera. Para colmo, alguien me dijo que en mi estado sería inteligente pedirme una baja laboral.
No podía ser que todo aquello me estuviese ocurriendo a mí. Además, me volví muy sensible, el abrazo de mi hija me hacía llorar, una mala respuesta de mi mujer me atolondraba para el resto de la jornada. Cuanto había cambiado, ya no me producía satisfacción escribir, ni hacer deporte, ni leer. El tiempo libre lo ocupaba en estar sentado delante de la televisión, intentando no pensar y consumir el maldito tiempo.
Hay enfermedades que te imposibilitan debido al dolor, en el Parkinson nada te “duele”, pero a cambio tienes una carga psicológica que te mina a diario. Yo por aquellos años no conseguía hacerle frente. Sabía que posiblemente sería bueno recurrir a un especialista, pero no lo hice, tenía miedo de afrontar la realidad. Así que continué maltratándome y refugiándome en mi pena interior, lo hacía solo, pues cara a la galería era el mismo individuo fuerte y seguro de toda la vida.

Yo tenia 42 años cuando me los soltaron(tienes parkinson) un 20 de Dicembre.Yo dije :esto no es conmigo.Estuve un año sin aceptarlo .Segui trabajando no le dije a nadie nada solo lo sabia mi marido y ms hijos.Me daba verguenza y no queria que no me vieran capacitada para mi trabajo.Cuando arrastrba la pierna decia que era reuma o que se yo.............que me había dado un golpe,todo lo que se me ocurria menos la verdad.
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